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¿Por qué la queremos tanto a Michelle?

Hay una anécdota nunca confirmada que circula en Internet y que involucra al matrimonio presidencial de los Estados Unidos. La leyenda cuenta que Michelle y Barack Obama estaban en un restaurante cuando los recibe el capitán de meseros. Él reconoce a Michelle y la saluda.

– ¿Quién es? – le pregunta Obama.

– Fue mi novio en secundaria, responde ella.

– ¿Ves, Michelle? Si te hubieras casado con él, hoy serías la esposa de un capitán de meseros, comenta Obama.

– No, querido, si me hubiera casado con él, él sería el presidente, respondió ella.

Aunque el cargo nació de las monarquías europeas donde la acompañante del Rey recibe el cargo de Reina Consorte, el título de “primera dama” es como la Noche de Brujas, el béisbol y la cena de acción de gracias, un invento de los Estados Unidos. El país del norte fue el primero en otorgar ese título a la esposa del Presidente alrededor de 1877.

La híper personalización de la política y el auge del infoentretenimiento ha convertido al cargo en una herramienta muy potente en las estrategias de comunicación presidencial en todo el mundo.

Este año, Michelle Obama estuvo en Argentina acompañando a su esposo y despertó una extraña fascinación. Su discurso en el Distrito del Diseño, donde habló ante 300 mujeres, fue comentado por toda la palestra de medios de comunicación que destacaron su exquisita oratoria y el contenido de sus palabras colmado de alusiones progresistas hacia el rol de la mujer en la política y la sociedad.

¿Por qué nos gusta tanto Michelle? En mi opinión, el encanto de la esposa de Barack Obama es que su liderazgo representa una síntesis perfecta entre los dos estilos más conocidos en las primeras damas de los Estados Unidos y que han tenido una proyección mundial: el encanto de Jackie Kennedy y la potencia política de Hillary Clinton.

Jackie Kennedy marcó una época en el estilo de las primeras damas. Con 31 años, fue la esposa más joven de un presidente americano. En política todo comunica y la esposa de JFK lo entendió desde el primer momento. Después de que los republicanos la denunciaran en campaña por gastar miles de dólares en desfiles parisinos, la entonces primera dama convirtió a un estadounidense en su diseñador de cabecera. Oleg Cassini configuró su famoso estilo de sombreritos ‘pillbox’, mangas francesas y conjuntos de chaqueta y vestido de recta silueta. Miembro de una familia aún más aristocrática que el clan Kennedy, los Bouvier, Jackie fue laprimera cónyuge en revestir de glamour los movimientos de la familia presidencial. Lo primero que hizo cuando asumió su esposo fue encarar una profunda redecoración de la residencia presidencial, a la que según sus palabras quería convertir en “un museo de la herencia del país”. Cuando todo estuvo terminado, fue la misma primera dama quien mostró los cambios a la ciudadanía a través de un documental de la CBS en el que hacía una guía por la Casa Blanca.

 

Un segundo estilo, mucho más activo políticamente, tiene en ex candidata a la Presidencia, Hillary Clinton, su ejemplo más palpable. Hablamos de primeras damas que, lejos de quedarse con un rol de acompañante más simbólico, se metieron de lleno a intervenir en cuestiones de Estado. Hay que recordar, por ejemplo, que en 1992 Hillary aceptó el encargo de su marido de hacerse cargo de reformar el sistema sanitario estadounidense para introducir la cobertura universal. Después de un estrepitoso fracaso de la misión, Hillary se dedicó a tomar parte en las visitas a otros países que hacía su marido. Una anécdota que ilustra este estilo fue protagonizada por Laura, esposa de George Bush padre, durante la campaña presidencial de 1992. Previo a la Convención Republicana, el partido se encontraba en un debate sobre el aborto entre su ala conservadora – que quería introducir su rechazo explícito en el programa del partido –y un sector que abogaba por evadir esa cláusula para captar parte del voto independiente. En el medio de la trifulca, Laura fue enviada a dar una conferencia de prensa donde dejó en claro su postura sobre el tema. La primera dama dijo que el aborto era un “asunto personal” y agregó: “Las cosas personales deben dejarse fuera de, en mi opinión, las plataformas y las convenciones”. Todos sabían de dónde provenía el mensaje.

Con su perfil único, Michelle es la síntesis perfecta de esos dos estilos y tuvo ganado un lugar estratégico en la administración Obama desde el día de su asunción.

Aunque la periodista Mariana Carbajal hizo una excelente descripción de su perfil comparándola con nuestra primera dama, Juliana Awada, el rol que cumple su par estadounidense es único y marcará tendencia por un largo tiempo. Como apunta la consultora española Ángela Paloma Martin, para la Casa Blanca Michelle es más que la primera dama. Es la clave de sol del pentagrama Obama. Es un símbolo que representa y estiliza sus políticas. Representa los sonidos más agudos de La Casa Blanca. Es la “clave” del presidente, el sol siempre presente. Comparar su papel con el papel de otras esposas de presidentes es un error.

Por lo pronto, su llegada a Argentina despierta curiosidad por el perfil que tendrá Juliana Awada en la administración de Cambiemos. En un gobierno que se ufana de controlar todos los resortes de la comunicación estratégica, el papel de la primera dama no es un asunto menor en tiempos de la mediatización de la política.